Introducción
En tiempos de vida rápida, estrés, competitividad, éxitos inmediatos y consumismo la mayoría de las personas viven con la idea de pasárselo bien, siempre cuando puedan, de hacer actividades de ocio y buscar constantemente el placer. Todo lo que sea un obstáculo a esta supuesta «felicidad» se intenta alejar, distanciarse de ello o huir directamente del conflicto, del malestar y del displacer.
De esta manera también se viven las relaciones humanas: las familiares, las de pareja, las amistades, etc. – superficialidad, brevedad, relaciones cambiantes, sin compromiso, sin vínculo. Siempre evitando el malestar, el conflicto y el encuentro profundo porque:
¡RELACIONARSE DUELE!
¡SENTIR EL PROPIO DOLOR ASUSTA!
A continuación voy a exponer unas reflexiones que seguramente te van a ayudar a aceptar y querer tu dolor y, gracias a él, empezar a relacionarte más auténticamente con el otro, desde tu verdad.
Reflexión sobre la importancia de sentir el propio dolor: (1ª parte)
Todas las personas sentimos dolor debido a nuestras vivencias tempranas, nuestras heridas y traumas. Este dolor está, es real, existe y, aunque te gustaría ignorarlo, lo sientes constantemente. Lo sientes cada vez que alguien te toca en alguna de tus heridas antiguas y aparece en cada momento en el que te sientes despreciado, negado, humillado, no escuchado, no comprendido, abandonado, solo, desprotegido, no valorado, etc. Momentos y desencadenantes para sentir dolor hay miles cada día. Esto es un drama porque además, sentir tanto dolor te toca la autoconfianza y la autoestima. Es como si el mundo se hubiera confabulado contra ti y solo está ahí para hacerte daño.

Y además, cuanto más necesitas y quieres a una persona, más te duele y desespera cuando sientes que te está haciendo daño.
Y justamente, por esa desesperación de este dolor tan insoportable, lo que buscamos todos es NO SENTIR ESE DOLOR de ninguna manera.
Pero ¿cómo lo hacemos lo de no sentir el dolor si es tan fuerte y desesperante? Hay muchas maneras, pero una muy frecuente es externalizarlo o proyectárselo al otro. Lo echamos fuera de nosotros y de nuestro cuerpo.
Proyectarlo es cuando algo te duele y dices: «fíjate lo que me ha hecho el otro, es malo, me hace daño todo el rato y parece que ni le importa hacerme daño o incluso lo disfruta. Es una persona horrible, es toxica. Como no cambie se acabó lo de relacionarme con esta persona. Voy a poner distancia.»
Lo que hacemos entonces, para no sentir todo este dolor profundo es culpabilizar al otro de nuestro propio dolor. Le proyectamos no solo nuestro dolor, sino también la responsabilidad para con él y para no sentir cuánto nos duele alejamos al otro de nosotros.

Si te reconoces en esta actitud ante la vida y las relaciones, seguramente, crees que te pones, aparentemente o falsamente, a salvo de sentir dolor, pero a la vez, te deja absolutamente solo en el mundo y con la sensación de que toda la gente está ahí solo para hacerte daño. Finalmente, te quedarías sin o casi sin relaciones ni familia ni amigos; todo el mundo lejos y tú en soledad, aislamiento y distante sintiendo que el mundo no está hecho para ti porque es un lugar muy hostil.
Y todo esto pasa por la negativa de querer sentir tu propio dolor.
Con esta reflexión, creo que queda bastante claro que la solución no puede pasar por evitar sentir el dolor. Vamos a ver si hay alguna otra solución.
En la próxima entrada te explicaré cómo el sentir tu dolor te puede ayudar a relacionarte mejor.
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