(Si no has leído la entrada ¡Agradece sentir dolor!, antes de seguir leyendo aquí, te recomiendo que leas previamente la primera parte, para comprender mejor lo que voy a explicar a continuación.)
Reflexión sobre la importancia de sentir el propio dolor: (2ª parte)
Como concluí en la primera parte de este artículo, la solución no es evitar sentir el dolor. Y entonces, ¿qué pasaría si tuviéramos la valentía y la fuerza de sentirlo, en vez de alejarnos de él?
Sentir mi dolor significa aceptarlo como propio. «Mi dolor es mio». Yo soy la única persona responsable de él, de gestionarlo y de decidir lo que hago con él.
Es cierto que inicialmente el dolor viene de fuera. Ya en el útero vivimos cosas dolorosas que vienen o directamente de la madre o, a través de ella, de su entorno. Nacer y pasar por el canal vaginal es dolorosos, incluso en los partos naturales, aunque seguramente, se generen menos traumas(1). Muchas de las vivencias que hacemos en la primera y segunda infancia y hasta el final de la adolescencia son dolorosas también; según la familia muchísimo o a veces muy poco, pero siempre hay dolor.

Cuando ya eres adulto tienes más o menos dolor registrado, dependiendo de todas estas vivencias infantiles, y este dolor está incrustado hasta en la última célula de tu cuerpo y del alma. Tienes temas que te hacen saltar de dolor y otros donde el dolor es más soportable. Pero ahora, que ya eres adulto, este dolor es tuyo y no debes responsabilizar de él a nadie más.
Como mucho podrías pedirles responsabilidades (no culpabilizar) a tus padres de la infancia, pero a nadie más. Los padres del adulto no tienen la culpa del dolor que sientes y aún menos la tienen los hermanos, la pareja, los amigos, etc. Ahora el dolor es propio del adulto; es tuyo.
¿Por qué no podemos culpabilizar a nuestros padres de nuestro dolor adulto?
Porque ellos, puesto que te quieren a ti (aunque aveces te cueste sentirlo) y a todos sus hijos, te dieron lo mejor que podían. Ellos también vienen de vivencias infantiles traumáticas y seguramente, lo hicieron mejor con sus hijos que sus propios padres con ellos y mejor que las generaciones anteriores. Pero saber esto no quita que igualmente te hacían daño cuando eras pequeño; no hace desaparecer tu dolor, pero, en la mayoría de los casos, ellos ni tenían la intención de perjudicarte ni sabían hacerlo mejor.

Como sabes, esto no elimina tu dolor, porque el dolor que sientes es muy real, y si tampoco puedes culpabilizar de él a tus padres, ¿qué más podrías hacer? Como ya he mencionado antes, existe la posibilidad de pedirles responsabilidades y el reconocimiento de tu dolor. No es nada fácil hacerlo, pero atreviéndote a esto, puede que, incluso de adultos, los padres puedan darte algo más de lo que te dieron entonces o reparar emocionalmente algún daño que te causaron.
Pero esto no implica que podamos obligarlos a que lo hagan o exigirles que cambien.
Solo podrías enseñarles tu dolor y esperar que empaticen contigo, que te puedan ver, comprender y reconocerte en tu sufrimiento y quizás, incluso salga de ellos pedirte perdón por no haber sabido hacerlo mejor. Recibir esta empatía y este reconocimiento por su parte puede llegar a ser muy sanador. (volveré a retomar este tema más adelante)
¿Y por qué no podemos culpabilizar a los demás de nuestro dolor, si no paran de hacernos daño?

Pues porque hay algo muy importante que tenemos que entender:
«NADIE TE QUIERE HACER DAÑO»
Los demás (salvo en el caso de los psicopáticos o psicópatas, quizás. Digo «quizás», porque también estas personas tuvieron su propio sufrimiento infantil como para haber llegado a ese punto de agresividad adulta y de ir por el mundo haciendo daño constantemente. Pero aún así, como adultos son responsables de cambiar esta actitud. Haber sufrido mucho daño no exime a nadie de su responsabilidad adulta. Agredir a otra persona verbal o físicamente es siempre cruzar una línea roja.) no están ahí para hacernos daño. Nadie tiene esta intención nunca. No es el propósito del resto del mundo estar ahí esperando la más mínima ocasión para atacarte o dañarte.
«Pero igualmente me duele lo que hacen los demás.»
Sí, es cierto, pero ellos no tienen la intención y además, el dolor es tuyo propio. Tú eres responsable de él y de gestionarlo.
¿Pero cómo lo hago?
Para responsabilizarte de algo, lo tienes que sentir y conocer. Entrar en el propio dolor suele ser casi insoportable y desesperante y también puede dar miedo, pero solo si lo conoces a fondo te puedes comprender a ti mismo y puedes saber cuáles son tus temas sensibles y de dónde te vienen.
El origen suelen ser los padres (es intergeneracional) y para aliviar este dolor tan profundo podrías necesitar, como ya he mencionado anteriormente, que tus padres te lo puedan reconocer. Sería ir a ellos y decirles:
«Tengo este dolor desde pequeño. Es muy desesperante. ¿Vosotros no os dabais cuenta que esto me dolía o que lo pasaba muy mal con aquello que hacíais?, ¿Por qué lo hacíais? Necesitaría que pudierais verme con este dolor tan enorme que tengo y consolarme con él y que me dijerais que sentís mucho haberme hecho este daño.»

Pero esto solo y exclusivamente se puede hacer cuando uno está conectado y siente este dolor profundo. No se debe hacer desde el reproche o el rencor. Es como regresar a la infancia, al origen del dolor, sentirlo y hablarles desde ahí, a los padres de la infancia. Solo si se hace así es sanador. Si se hiciera desde el reproche y el rencor sería por haber perdido de vista la premisa mencionada antes, ¡que nadie nos hace o hacía daño queriendo! Ni siquiera nuestros padres nos hacían daño queriendo. Ellos también tenían sus traumas, sus creencias(2) y su desconexión de su propia historia y su propio dolor. No nos tuvieron para hacernos daño, aunque el daño que nos hacían en ocasiones fuera casi insoportable.
Cuando todo esto lo tuviéramos claro, si hubiéramos entrado profundamente en nuestro dolor más desesperante, si lo hubiéramos podido expresar muchas veces verbalmente y corporalmente en un lugar terapéutico protegido y acompañados y si hubiéramos podido situarlo con nuestros padres de la infancia, entonces nuestro dolor poco a poco se calmaría. Ya no sería tan desesperante. Ya no sentiríamos que nos pueda desgarrar.
Y de esta manera, cuando alguien, incluidos nuestros padres, en la actualidad nos tocara en alguna de nuestras heridas podríamos hacer el siguiente proceso:
Proceso con el dolor:
- Darme cuenta: «oh, esto que acaba de pasar me ha dolido»
- Responsabilizarme: es mi dolor y busco en qué tema histórico mío sensible me ha tocado. Es decir, ¿porqué me duele o me molesta tanto lo que acaba de pasar? (Casi siempre, nuestra vivencia del dolor es desproporcionada. Esto suele ser así, porque el daño se ha ido acumulando durante muchísimos años y la «herida» esta al rojo vivo, irritada y abierta.)
- Reconocer mi necesidad: sabiendo el origen o el tema, también puedo saber qué necesitaría para aliviar el dolor y podría quizás dármelo a mi mismo o sentir que alguna otra persona me lo pueda dar, por ejemplo, el terapeuta, o sentir que otras personas ya me dieron en ocasiones algo bueno que me ayudó a calmar ese dolor en concreto.
- Poner un límite: para que la persona que me tocó la herida sepa lo que me pasa, debería hablarle de mi dolor y pedirle con tranquilidad, no con rabia, que pare de hacer esto que me dolió. Si la persona lo sabe escuchar y me respeta con mi dolor, entonces me puedo seguir relacionando con ella.

Este último punto es muy importante. Debes mostrarle al otro tu dolor y ponerle límites con contacto y con paciencia desde ahí. Con las personas con las que te relacionas más, este proceso deberías hacerlo muchísimas veces, porque al relacionarte más te van a tocar siempre o repetidas veces los mismos temas y heridas. Lo único que te debería importar es que el otro comprenda que algo te está doliendo y que no tenga ninguna intención de hacerte daño.

Que el otro comprenda tu dolor, en gran parte depende de ti y de tu capacidad de comunicarle tu dolor con calma, respeto y desde ti, sin acusarle de nada. No olvides que el otro no tenía la intención de hacerte daño; ni siquiera tiene presente que tal o cual cosa te podría doler. No está tampoco obligado a tenerlo presente, porque no es responsable de tu dolor, solo tú lo eres y él lo es de su propio dolor.
Es muy importante integrar todo este proceso y, bajo mi punto de vista y mi experiencia, es la única manera que tenemos de relacionarnos de forma sana y duradera con alguien y de vincularnos. Hemos de poder sentir que, aunque a veces el otro haga cosas que nos duelan, en el fondo nos quiere y que desde su amor hacia nosotros solo quiere lo mejor para nosotros, pero le hemos de enseñar qué es lo mejor para nosotros y cuál es la necesidad dañada.

Y, después de trabajar profundamente nuestro dolor, podemos mirar al otro también con cariño y con amor viéndole más allá de nuestro propio dolor, reconociéndole también en el suyo y viendo que le queremos igual que él nos quiere a nosotros.
Te invito a enfrentarte a tu dolor y a no seguir huyendo de él, sino a aceptarte y a quererte con él, a entrar en él para trabajarlo en profundidad. agradece que exista tu dolor y que te oriente en la vida y que desde este lugar de aceptación puedas aplicar el proceso con el dolor del punto 1 al 4.
Ya me contarás si de esta manera consigues:
- mejorar tu autoestima y confianza en ti mismo,
- mejorar tu relación con los demás,
- vivir la vida con más calidad, alegría y vínculo.
Notas:
(1) Si quieres saber más sobre los traumas de nacimiento, lee aquí.
(2) Hay unas creencias sobre la educación de los hijos que se extienden a lo largo de varias generaciones y que suelen causar muchísimo daño. Los hijos, una vez adultos, integran estas creencias como buenas negando así su propio dolor infantil (una especie de síndrome de Estocolmo) y las aplican, a su vez, con sus hijos. Algún ejemplo sería: «no cojas a tu hijo mucho en brazos porque le malcrías» o «una ostia a tiempo evita que el arbolito se tuerza».
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